martes, 12 de mayo de 2009

Cuentos


Poli se llamaba mi profesor de lengua y literatura. Continuamente entraba por la puerta alborotando nuestra creatividad. Para finales del trimestre quiero un cuento bien contado, nada de faltas, ¡me tenéis que sorprender!.

Un tipo más bien bajo y con la cara de sufrida pubertad, así era Poli. Arrogante, ¿Tú te crees que está bien?, no, claro, y explicaba el porqué.

¿ Hay que hacer dibujos?, pregunté.

Poli agudizó aún más nuestro ingenio. Imaginar el cuento que siempre quisisteis leer, tendrá dibujos, una buena presentación, diálogos y ninguna falta de ortografía, a lo que añadió, cada cinco faltas, un punto menos de nota.

Me entró un ansia irreconocible de pasar por encima de Íñigo, pues él era de los de “yo lo sé todo y ahora te lo explico” y eso me sacaba de quicio. Ver el diez en su cuento, me producía escalofríos, quizá porque muchas veces su cabeza estaba cargada de cemento y siempre tenía estrategias para ganar.

Empeñé todo mi esfuerzo, tanto, que olvidé los dibujos y apenas tuve una semana para acabarlos. Por aquel entonces mi madre trabajaba en una imprenta, con lo cual no me fue difícil conseguir las mejores tapas.

Llegó el día de la presentación. En una milésima de segundo ojeé el cuento de Íñigo, que con una calma irrefutable entregaba al profesor. La espera fue larga.

Íñigo, un diez.

Cinco faltas me situaron por debajo. Mientras algunos trabajan, otros se han perdido en sus sueños.

2 comentarios:

Marta dijo...

Pues acá presumimos de tener a una magnífica cuentista -en el mejor de los sentidos- y a una enorme artista.
Lástima que otros perdieran sus sueños ¿eh? ;)

J. dijo...

Espléndida historia

... y duele...

Verificación de la palabra: trust