lunes, 23 de febrero de 2009

Banquete


Subimos las escaleras hasta el primer piso. Para nuestra sorpresa la cola llegaba casi hasta el último peldaño y había que coger el ticket, me recordó a aquellas mañanas de verano en las que acompañaba a mi madre a la carnicería, ¿Quién es el último?, entonces levantaban la mano y nos colocábamos a la par.

Las sillas formaban filas de ocho, dos estaban libres pero cada una en una esquina de la sala. Retrocedimos hasta el rellano de la escalera. En aquel mismo instante un hombre negro entró con decisión dejando en el suelo a la pequeña que llevaba en los brazos. La escena cambió en cuestión de segundos. La niña con un raudal de frenética energía se disparaba hacia mi abuela, que conmovida por el gesto, abrió los brazos desde lejos. Las piernas de la pequeña sacudían golpecitos al aire. Mis ojos, aunque costosos, empezaron a relucir con una especie de entusiasmo voraz y disperso. Y así, en un juego fascinante de sonrisas, descubrí que por muy destartalada que esté una vida, es capaz de abrigar el abatimiento.

2 comentarios:

Silvia dijo...

Ya no se pregunta eso de quien es el último, no??? Ahora con los números...

Bss.

Marta dijo...

Ay, los nenes... cómo nos cambian la forma de mirar...