
“Todas las tardes ensayaba junto a ella el punto de cruz. Hice bufandas para las muñecas, me lo enseñaba todo. Las vestía, aseaba y peinaba. En un rinconcito de la sala hacía las comidas, amontonando hierba, lentejas, macarrones, y algún que otro garbanzo que sobraba de la partida de cartas de mi abuelo, más un poquito de agua. También aprendí a perfumarlas, amarraba todos los botes de colonia que había por la casa, mezclando gotas en un balde abarrotado de flores.
¡Vòila! ¡abuela , huele a ti!.
Nunca me gustó maquillarlas”.



