jueves, 25 de septiembre de 2008

Un sin fin de posibilidades


“Todas las tardes ensayaba junto a ella el punto de cruz. Hice bufandas para las muñecas, me lo enseñaba todo. Las vestía, aseaba y peinaba. En un rinconcito de la sala hacía las comidas, amontonando hierba, lentejas, macarrones, y algún que otro garbanzo que sobraba de la partida de cartas de mi abuelo, más un poquito de agua. También aprendí a perfumarlas, amarraba todos los botes de colonia que había por la casa, mezclando gotas en un balde abarrotado de flores.


¡Vòila! ¡abuela , huele a ti!.


Nunca me gustó maquillarlas”.

3 comentarios:

(sin número) dijo...

Hola Leyre. Está entrecomillado, ¿de quién es? Es bonito. Me recuerda a cuando jugamos mis amigos y yo al póker y usamos garbanzos como fichas... :) Saludos

am dijo...

El olor de las abuelas nunca se olvida. Nada de las abuelas se olvida. Un beso!

Leyre dijo...

Sin numero, esto es real, es el trozo de una pequeña historia. Un beso.

Am qué razón tienes!! Abrazotee!