domingo, 20 de julio de 2008

No hay mal que por bien no venga


Última hora de la mañana, después de tanto tiempo el edificio de sanidad ha sido renovado. Subo las escaleras hasta la tercera planta, dos señores mayores bajan a duras penas apoyándose sobre la barra. En la primera planta, ni un alma, en la segunda planta, lo mismo. Sigo pasillo adelante sofocada por el olor a medicamento. Sillas vacías, calor masificado, me voy, me quedo, cómo me voy a ir, ahora qué le voy a contar. Entretanto la doctora sale a la sala de espera.

- ¿Me esperas un poquito? Tengo una urgencia.

- Sí, claro tranquila.

(10 minutos)

- Pasa cuando quieras.

El lugar de siempre, las ventanas cerradas, sillas incómodas, no sé por dónde empezar.

- No he querido darle la mayor importancia, pero al final me han hecho venir.

- Y dices que se te ha pasado.

- Sí, ya no me noto nada.

- Pues no te preocupes, eres muy joven, habrá sido algo sin ninguna importancia, en el caso de que se repitiera varias veces vienes y lo miramos.

La noto diferente, está simpática. Aprovecho la situación para que me haga unas cuantas recetas. No dice nada, normalmente siempre pone caras raras. Es última hora de un viernes, puede ser eso, que sea viernes o que se va de vacaciones. Ahora sí, me mira con cara rara.

-¿Eres pensionista?

- Sí, claro.

Recuerdo esa pregunta-respuesta la última vez que la visité.

-Pero si eres muy joven.

- Sí, lo soy.

Tengo una conversación de lo más curiosa con la doctora, se interesa por todo lo que le cuento y me sonríe. Por fin, tras varios años me convence de que es una persona normal.

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