sábado, 8 de septiembre de 2007

Un mundo


Paseaba por un mirador enorme sintiéndome la pieza más pequeña del Cosmos. Entre un aire engorroso y olor a verde, pasamos las horas convencidos de que era el mejor de los remedios para despejar la mente.
Es absolutamente imposible no mantener el más mínimo átomo de autoestima teniéndole cerca.
Abastecimos las horas con historias, sentimientos. Su hermana es fisioterapeuta, suele dar charlas en varias ciudades y me consta- tras las muchas insistencias - que debemos parecernos. Salidas de bombero.
Ayer me explicaba que haber huido en determinado momento le había conducido hasta la más triste de las penurias, sin embrago, yo pensaba lo contrario, era algo que le había enriquecido por completo. De todos modos-de noche- siempre merece la pena preguntar a alguna estrella, quizás ella sepa.
Con la mirada un poco perdida, le expliqué que llevaba un tiempo escribiendo porque era realmente placentero. Entonces adornándolo profusamente, le describí el rinconcito donde hoy guardo estas palabras. Con su encanto habitual, me dijo que todavía tenía el hueco blanco de la pared para colgar un cuadro.

Cuántas promesas que nunca cumplo.

Justo antes de que oscureciera, le dije:

-Me has ayudado, lo necesitaba.

Apretando un gesto confuso, insistió:

-No, tú me has ayudado.

Y así, después de ver a un sapo levantando cómicamente las patitas, volvíamos cada uno a su lugar.

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