miércoles, 19 de septiembre de 2007

El colegio


A las 16:30 la puerta verde del colegio se inunda de una procesión de niños incalculable. Ojitos expresivos, tiernos e inquietos, buscan apresuradamente a los papás; grandes observadores. Yo repaso a todo lo que tropieza fugazmente contra mi cuerpo. Una masa gigante no deja acercarse.

Vamos, ni los Beckam.

Pregonando un perdón, disculpe, ¿me deja pasar?, logro ponerme lo más cerca posible de la salida. Kharen llega bajando las escaleras como loca y en la puerta echa una ojeada buscando algún “gen común”. Se me estruja en la barriga y no puedo evitar besuquearla, llevo días sin verla.
Le pregunto a ver si me lleva a ver su clase. Sin dudarlo me coge de la mano y corremos hacia unas escaleras. Su clase es la del fondo. Me enseña su sitio, el estuche, los libros. Cerca de los ventanales cada uno cuelga un dibujo, le digo que voy a adivinar el suyo, pero una profesora se acerca sonriente con ganas de cerrar la clase.

“El tren dragón”

No lo habría adivinado nunca.

Fuera me enseña el lugar donde colocan las batas.

Cuando tenía 3 añitos también fui a buscarla. La vi salir tan pequeña e inofensiva cargando su mochila observando si venía alguien a buscarla, que tuve que contener las lágrimas ante las demás madres por la vergüenza que me suponía llorar en aquel momento.

2 comentarios:

María dijo...

ay... si, esa sensación me suena... lo más fuerte es que sobrevivan a eso ¿verdad?... Y lo pero cuando los dejabas en clase y no lloraban pero te miraban con ojitos y les empezaba a temblar la barbilla t estiraban el bracito, como diciendo: "no me abandones aqui..."... horrible! odio el cole!

Marta dijo...

¡¡Qué lindaaaaas las dos!! Habría que veros, a cada cual más contenta entre sillitas, pupitres y lápices de colores...