domingo, 5 de agosto de 2007

Cruzadas


Conozco a dos personas que me sorprenden cuando me hablan de cualquier cosa. Me gusta escucharles.

Jose Mari es encargado de la juguetería. Cuando tenía mi edad se licenció en magisterio, y por causas de la vida, acabó en la tienda donde lleva ya más de treinta años.
Me sorprende porque no quiero ni contar las veces que habrá aborrecido a las muñecas, coches teledirigidos, peluches que hablan cuando tocas el botón- suenan sin querer cuando lo sacas de la caja- miles de barbies cada cual más diferente y monstruos de plástico, con rifles auto-disparo.
Lo que quiero explicar, es que al final el único modo de superar esto, es con alguien alado que te escuche las mil y una tonterías del día, la mejor gracia o desgracia. Compartir esos momentos.
Hemos trabajado juntos dos semanas, y cada día tocábamos un tema diferente. Claro, yo dejaba que él comenzara a hablar, porque seguramente sería más interesante que lo que yo pudiera contarle; aunque tengo que reconocer que cuando nos centrábamos en temas familiares, se nos mojaban los ojos, así sin quererlo.

Yo que sé.

Todo eran filosofías deformes porque a veces aunque una albergue la firme intención de contar las cosas tal y como fueron, siempre acaba contándolas tal y como las recuerda, que no es lo mismo.

El caso es que Jose Mari, en dos semanas me ha metido en los mundos del ingenio, de la sorpresa, del misterio, del encanto y de la gracia. Sabe sobre las artes y la vida. Sienta bien conocerle.

Jose Ignacio es de Getxo, y hace obras de arte con el mimbre. Todavía recuerdo sus palabras:

"No os preocupéis, esto es así, y ahora vamos a comprar cable a Barakaldo, hacemos un empalme, y todo solucionado. Desencajamos esta balda ponemos un cacho de cuerda, la colgamos aquí y ponéis el proyector. Y la pantalla un poco de cinta adhesiva que tengo yo, un sistema que no falla y listo".

Era nuestra primera exposición audiovisual. Él le ayudaba a Maider, una artista consagrada que ahora explora las calles de Nueva York.
El caso es que estábamos un poco verdes en el asunto y a pesar de poner las mil y una ganas para que todo funcionara, nada nos salía derecho. Fueron aquellas palabras compasivas y llenas de fuerza las que hicieron que todo cambiara en cuestión de media hora.

Pantalla en su sitio, vídeo en acción, sonido limpio.

A partir de ahí, Jose Ignacio se ha convertido en alguien esencial, apasionante. Gran explorador de montañas, lugares de ensueño. Me ha enseñado a ser un poco más conformista, a sonreír a la vida por tenerla, a hacer una tarta, a cumplir los sueños, a hipnotizar a las flores, los cerezos, y a ver lo invisible. Cualquier intercambio de opinión degeneraba en puntos emocionales. Pasar una tarde con él, es como si embarcáramos hacia lo que realmente es importante.

2 comentarios:

Marta dijo...

Seguro que ES como embarcar en pos de lo importante. Escuchar -saber escuchar- lo es.

Leyre dijo...

Pues si, gusta saber que te escuchan y es bueno saber escuchar.